sábado, 20 de febrero de 2010

Me llamo Minerva









Minerva contempla la esquina de aquella sala en oscuridad total mientras fuma el último cigarro de su cajetilla. No había nada que observar ahí, realmente. Escogió ese punto neutral de un cuarto inerte para concentrarse mejor en sus pensamientos.  

Los recuerdos se mezclan con sueños se mezclan con palabras se mezclan con promesas que se mezclan con aire. Todo parece muy confuso en una cabeza que dejó entrar tanto ruido durante tanto tiempo. Dejará de esperar. Esperar nunca le trajo nada de lo que ella pedía en silencio. Ahí no encontraría ninguna respuesta o resultado que no hubiera obtenido ya en el pasado. Apagó la cereza de su cigarro y exhaló esa última bocanada.

Ya no tenía rabia. El sentimiento mudó un a un miedo que se siente en la boca del estómago. Iba acompañado de ansiedad. Tenía frente a ella un libro en blanco que se extendía tan grande e indefinido como una nube de tormenta a media noche. Ella sabía que ese espacio vacío tenía su nombre.

Ya no le asustaba estar sola. Le asustaba su mortalidad. No morir, no. La muerte es lo único que todos compartiremos y de lo único que se puede estar seguro desde el día de nacimiento: Voy a morir. Pero su muerte no le asusta. Le asustaba verse en un mundo donde no tenía certeza de ser recordada después de su muerte. Ella podría morir mañana o en 100 años, y la pregunta seguiría siendo la misma: ¿Quien fue Minerva

No quería que la conocieran por nombre ni por cuerpo. Quería que la conocieran por ser ella. Aunque le cambiaran el nombre y le cambiaran la apariencia, quería que el mundo supiera que ella estuvo ahí. Llegaría un momento en que cada átomo de ella dejaría de existir... ¿que quedará de ella cuando llegue ese momento?  Tenía miedo de convertirse en un muerto viviente; no quería vivir por inercia, quería vivir por la acción de vivir.

Quería, desde el fondo de sus entrañas, un pedacito de inmortalidad.

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